El Cuadro

 

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La historia del lienzo desde febrero de 1787 es bien conocida, según el informe del marqués de Casa García Postigo, alcalde de Madrid, en 1791: Isabel Tintero lo adquirió a unos muchachos que jugaban con él en un solar al lado de donde hoy se levanta el templo. Pero, ¿cómo llegó hasta allí? ¿quién lo pintó? ¿cuándo? .

Las investigaciones del historiador Don Armando Rubén Puente, acreditan que estamos ante un lienzo de Nuestra Señora de la Soledad, más tarde llamado “Virgen de la Paloma”, por ser en la Calle de la Paloma, de Madrid, donde Isabel Tintero inicia el culto en el portal de su casa.

Más tarde se inauguró la primera capilla, para terminar en el actual templo parroquial.

Por su interés, reproducimos a continuación el artículo publicado en el Boletín de la Virgen, del mes de agosto de 2009, titulado: “De Virgen de la Soledad, a Virgen de la Paloma”..

Cuando Isabel de Valois, esposa de Felipe II, llegó a España en 1560 se trajo de Francia un cuadro en el que se veía la Virgen arrodillada tras una cruz vacía, por el que sentía gran estima y que colocó en su oratorio. La reina, que tenía 24 años, encargó a Gaspar Becerra el mejor escultor de su tiempo que le hiciera una talla de esa Virgen, obra que estuvo terminada a principios del año 1561.

Cuando lo tuvo ante ella Isabel de Valois preguntó a la condesa de Ureña, su dama de compañía: “¿Qué nombre le pondremos?” y la condesa, que acababa de quedarse viuda, le contestó:

“Soledad”.

“Y cómo la vestiremos”, preguntó la joven reina.

“Con mis ropas de viuda”, contestó la dama de compañía.

Por eso la Virgen de la Soledad – la que veneramos en la parroquia de la Paloma y en otros centenares de lugares de España, tiene el traje blanco y la capa negra propia de las damas viudas de la nobleza española del siglo XVI.

Felipe II y su esposa habían decidido que la corte española, hasta entonces ambulante, se instalara en una ciudad, y Madrid, que tenía unos 10.000 habitantes, fue elegida por ellos como capital del reino.

Una de las primeras decisiones fue que los mínimos -orden fundada por San Francisco de Paula – erigieran en la capital un convento que llevó el nombre de Ntra Sra. de las Victorias y que se levantó en terrenos que hoy son de la calle Espoz y Mina.

En el altar mayor de aquel convento se instaló la talla de la Virgen de la Soledad de Gaspar Becerra, que aquel mismo año fue llevada en la Semana Santa en una procesión presidida por los reyes Felipe II e Isabel de Valois.

La protección real hizo que la devoción por la Virgen de la Soledad se extendiera por todo el imperio español, en el que “nunca se ponía el sol” y al morir Felipe II había imágenes de la Virgen de la Soledad – tallas o copias en tela de la obra de Gaspar Becerra- desde el lejano oriente asiático (en Filipinas), América (desde los conventos franciscanos de Los Ángeles y el Sacramento en lo que es hoy Estados Unidos hasta los templos barrocos de Chile, en África (Angola y Mozambique), que al igual que Brasil eran posesiones portuguesas, y Felipe II era rey de España y de Portugal, y en Europa (el reino de Nápoles -que pertenecía también a la corona española y el de Flandes).

La Virgen de la Soledad es sin duda la advocación madrileña más extendida en el mundo entero. El convento de Ntra. Sra. de las Victorias de la calle Espoz y Mina fue destruido a raíz de la desamortización de Mendizabal y la milagrosa talla de la Virgen de la Soledad pasó a ser venerada en la basílica de San Isidro, en la calle de Toledo. La obra de Gaspar Becerra fue quemada en julio de 1936, al mismo tiempo que ardían centenares de obras de arte de la mayor parte de las iglesias madrileñas.

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En 1837, cuando aquella Soledad llegó a la calle de Toledo, el cuadro de la Virgen de la Soledad de la Paloma era ya venerado por el pueblo de Madrid y su fama milagrosa se extendía a centenares de iglesias, conventos y capillas españolas en las que hay Soledades iguales a ésta a las que en muchos lugares se llama Paloma.

¿Cómo sucedió que la advocación madrileña de la Virgen de la Soledad pasó a doblarse en advocación igualmente madrileña de Virgen de la Paloma?

La Virgen de la Soledad era en Madrid en los siglos XVII y XVIII la más popular de las advocaciones. En esos dos siglos vivieron en la Villa y Corte al menos 27 pintores que hacían copias de la imagen de Ntra. Sra. de la Soledad que se veneraba en el convento de las Victorias.

Era costumbre de las familias de clase media (arquitectos, médicos, oficiales del Ejército, funcionarios y comerciantes) que cuando sus hijas contraían matrimonio recibieran en la dote un cuadro de los salidos de los talleres de pintores artesanos, que los “fabricaban” a un ritmo de dos o tres por semana.

Los más reproducidos eran el de la Virgen de la Soledad en primer término y a continuación la Inmaculada, la Virgen del Pópulo y Ntra. Sra. de la Leche. En los sótanos del Museo del Prado se conservan nueve cuadros de la Virgen de la Soledad y en todo Madrid hay una veintena en parroquias, conventos y capillas semejantes al que se venera en la parroquia de La Paloma.

A principios de 1787 Isabel Tintero, que vivía en la calle de La Paloma, vio a unos niños que jugaban con una de tales copias, que habían encontrado en el corral de un convento que existía en esa calle. Isabel, esposa de un cochero, se lo compró a los chavales por unos céntimos y tras adecentar el cuadro y ponerle un marco lo colocó en el portal de su casa, adornándolo con unas flores.

Imágenes de la Soledad iguales a aquella podían verse entonces en otros portales y tabernas de Madrid.

Lo que resultó extraordinario en la de la calle de La Paloma fue que muy pronto se corrió por toda la ciudad la noticia de que aquella imagen de la Soledad era milagrosa y que numerosos enfermos, sobre todo niños, habían sido curados gracias a su intercesión.

Cuando la reina María Luisa de Parma, esposa de Carlos IV acudió al portal de la calle de La Paloma llevando a su hijo Fernando (entonces de 4 años y que luego sería rey), para pedir a la Virgen de la Soledad que lo curase, la fama del cuadro milagroso se extendió por todo el reino.

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A partir de entonces se inició la costumbre entre las madres de presentar a sus hijos ante la imagen de la Virgen de la Soledad de la calle de La Paloma, costumbre que aun perdura y que se celebra especialmente el 2 de febrero, festividad de La Presentación de Jesús, o “día de las candelas”, con una popular y bulliciosa asistencia de padres y abuelos que llevan a sus hijos a cumplir esa devoción.

En el templo-basílica de la Virgen de la Paloma se siguen haciendo hoy milagros, pero a diferencia de los últimos dos siglos no son físicos, sino sobre todo espirituales.

Muchos de sus fieles somos testigos y damos testimonio de ellos.

Armando Rubén Puente